Sabina

La Familia que le tocó.

Siempre había planeado quedarse al lado su madre, eso sí, de cualquier forma quería tener un hijo. No pensaba casarse ni irse de la casa, sino que quedarse con "algo" de aquella persona de quien se enamorara, y seguir viviendo con su madre.

Sabina se crió en el campo, cerca de Valdivia, en Chile. Su padre era viudo con 7 hijos cuando se casó por segunda vez con una mujer mucho menor que él. Juntos tuvieron 10 hijos, entre ellos, a Sabina. El padre era tremendamente estricto y habiendo vivido una infancia castigadora seguramente no conocía otra manera de criar a sus hijos. La niña creció en ese ambiente, y cuando alcanzó la adolescencia, se encontró con que para ella no había fiestas ni amigos ni pololeos. Por este motivo, cuando conoció a su futuro marido, solamente se lo contó a su madre y mantuvieron su relación en secreto por varios años. 

"Mamá, estoy embarazada".

Por esas cosas de la vida y de los años 70 en Chile, su pololo no vió más alternativa que partir a Argentina a trabajar. Así fue como se despidió de Sabina.

Con lo que no contaban era que ella estaba embarazada. A pesar de ser muy cercana con su madre, no se atrevió a contárselo de inmediato, ni a nadie más tampoco. Fue así como Sabina se fué a trabajar a Santiago a una casa. Afortunadamente llegó a la casa de un matrimonio mayor que la trataban bien. Pero así y todo fue difícil. Por lo demás, su embarazo comenzaría a notarse pronto y se le vendría el momento del parto lejos de su madre. También pensó que correspondía que el padre del bebé se enterara de la noticia, por lo que se lo comunicó a través de uno de los hermanos. 

Cuando él se enteró de la noticia viajó a Santiago a reunirse con ella. En ese momento decidieron casarse y fue así como regresaron al sur. 

El comienzo de una nueva familia

Para Sabina fué doloroso contarle a su mamá. Siempre había confiado mucho en ella y le contaba todas sus cosas. Pero esta vez no se había atrevido por miedo a su padre. Sin embargo, no le quedó más remedio que enfrentar la tremenda verdad. Su madre lloró, tal vez por temor a la reacción de su marido. Pero la reación del padre las tomó por sorpresa porque tomó a su hija y la abrazó, asegurándole que no había de qué preocuparse. Sabina y su bebé estarían bien cuidados. Lo que no le contaron fue que el padre del bebé, le pediría permiso para casarse con ella. 

Finalmente obtuvieron la venia del padre de Sabina para casarse pero no lo hicieron hasta bastante más tarde. Una vez que su hija nació, Sabina y Manuel se fueron a Santiago para comenzar su familia. Partieron en una pieza arrendada con lo básico. Tan básico era que por ejemplo, solamente tenían un tazón. No quedaba más remedio que tomar tecito por turnos. Así comenzaron, con nada! Pero poco a poco, a partir de los conocimientos y los estudios universitarios en electricidad de Manuel, arrendaron un local cerca de la Estación Central donde instalaron un taller de reparación de alternadores. Sabina trabajaba codo a codo con él y asumió un rol bastante activo en el negocio. 

 

Tan bien iban las cosas que había mucho trabajo y comenzó a entrar dinero en la misma forma. Sabina viajaba con bastante frecuencia al sur a la casa de su padres. Hoy no sabe con claridad cuánto, pero sí recuerda que llevaba mucho dinero con ella. Con el dinero compraba mercadería, pagaba algunas cuentas de sus viejitos y otras cosas más. Como cuenta, se "daba la gran vida". Sin embargo, aún no se casaban. En uno de los viajes, el padre de Sabina le dió un ultimátum: la próxima vez que volviera, debía mostrarle una Libreta de Familia, de lo contrario, mejor era que no regresara. Así fue cómo rápida y finalmente, Sabina y Manuel se casaron.

Los tiempos de bonanza

A esas alturas, ya habían abierto además del taller, una sala de ventas de repuestos automotrices que estaba a nombre de Sabina y que ella manejaba por su cuenta. Ella recuerda que no había persona que entrara a la sala de ventas y no comprara algo. Ella aprendió muy bien del negocio y lo manejaba con astucia. También instalaron una fábrica de conectores, la primera en Chile. Además, lograron agregar una sucursal de la sala de venta de repuestos. Tan bien les iba que tenían una "nana" para cuidar a los dos hijos que tenían a esas alturas y un chofer. Así podían dedicar el tiempo necesario al negocio. La vida les sonreía.

Obviamente que como toda historia, no todo era color de rosas. Manuel debe haber sido el mejor jefe del mundo. Nunca le llamaba la atención a ninguno de los cerca de 30 trabajadores que llegaron a tener. Por ese motivo, la gente hacía un poco lo que quería. Llegar tarde no era un problema porque nadie les decía nada. Irse temprano o faltar, tampoco parecía tener consecuencias ni tampoco se descontaba del sueldo. Eso generaba algunas fricciones ya que Sabina manejaba a la gente de manera bastante más estricta. Así, entre ella y el administrador, debían estar siempre atentos para poder mantener a los trabajadores alineados y trabajando con la mayor efectividad posible. 

El derrumbe

A Manuel le gustaba conversar y tenía buenos amigos y buenos clientes por ese motivo. Así fue como poco a poco el familiar de un conocido se acercó a él. El tipo "hacía negocios". Nunca estuvo claro qué tipo de negocios, sólo negocios. Sabina se enteró tarde de que esta persona le había prestado una suma de dinero no menor a Manuel. El dinero se utilizaría para hacer mejoras en el taller y la fábrica. A poco andar, le prestó una cifra mayor a la primera. El tipo se presentaba regularmente en el negocio para cobrar sus cuotas y Manuel pagaba. Sin embargo, cuando solamente le faltaban unas pocas cuotas, recibieron una notificación de cobranza judicial por la totalidad del préstamo. Dado que eran "amigos", los pagos fueron entregados sin recibos, por lo tanto, no había ningun comprobante de que las cuotas estaban al día. El resultado final, fue el remate de casi toda la maquinaria, material, herramientas y demás cosas de valor.

Solamente lograron salvar una pequeña parte de la empresa, pero a pesar de todos los esfuerzos, no lograban repuntar. Sabina, con mucha decisión se fue a trabajar a una casa para aportar con un sueldo estable a la economía devasatada de la familia. Entre "ires y venires", la situación simplemente se hizo insostenible y fue así como se vieron obligados a levantar una mediagüa en el patio de la casa de una de las hermanas de Sabina. Toda la familia, que para ese entonces ya consistía del matrimonio y tres hijos ya mas crecidos, sin mas alternativa, se vió obligada a reducirse a la más mínima expresión. Sin embargo estaban todos juntos y Sabina jamás dejó de animar a su marido diciéndole que siempre se podía volver a empezar, tal como lo habían hecho cuando recién comenzaron a vivir juntos. 


 

El accidente

Primero Manuel volvió a trabajar pero esta vez como empleado en el mismo rubro de la electricidad, en el que tenía tanta experiencia y conocimiento. Poco a poco logró volver a arrendar un local para instalar un pequeño taller cerca de donde habían tenido los primeros.Trabajaba bastante. Sabina iba seguido al local, aunque no intervenía mucho.

Era verano, y fue en una de esas visitas al taller cuando Sabina notó que había agua en el piso. Verificó de dónde venía y comprobó que había una llave goteando. "Arregla esa llave, es peligroso!", le dijo a su marido. "Qué me va a pasar a mi?", le contestó, aunque de igual forma accedió diciendo que lo arreglaría.
Fue al día siguiente cuando le avisaron a Sabina que su marido había sufrido un accidente mientras trabajaba. Cuando llegó al taller, se encontró con el cuerpo sin vida. Había recibido una descarga eléctrica producto del contacto con el agua. 
Paradójicamente, tenían un viaje planificado para el día siguiente. Toda la familia iba a viajar al sur para celebrar el primer cumpleaños de una nietecita. Viajaron de igual manera, pero no al cumpleaños sino que para enterrar a Manuel.


 

La vida después

Fue dificil. De un día al otro, Sabina se encontró sola. Al principio no lo podía creer, y no fue hasta muchos años después que logró aceptar que Manuel ya no regresaría a las nueve de la noche, ni nunca mas. Fue por mucho tiempo que sentía que él se sentaba a los pies de la cama en la noche. Desde entonces, cada Febrero, Sabina se prepara religiosamente para viajar al sur para visitar a Manuel en el cementerio. De esto hace ya un poco mas de 10 años.

Sabina ha pasado años muy duros en especial porque de un momento a otro sentió que ya no tenía motivo para vivir. Su marido ya no estaba y sus tres hijos ya estaban grandes. "Nadie me necesita" era la idea que la rondaba. "Para qué vivir?", se preguntaba. Sin embargo, se daba ánimo y seguía adelante. 

Hace algunos años empezó a decaer. Cada vez, se le hacía más y más dificil seguir. Finalmente, llegó a manos de un psicólogo y luego al psiquiatra. Estuvo largos meses medicada y solo quería dormir. No era capaz de nada mas. Sus hijos no sabían bien como ayudarla, ni qué hacer. Sin embargo, algo obró en ella. Poco a poco se empezó a recuperar. Volvió a trabajar y a ocupar su tiempo de manera productiva. 

Sabina siempre sintió atracción por el trabajo social. Además, tiene facilidad para aprender y es capaz de argumentar muy bien sus ideas. Es una persona que sabe lo que quiere y se preocupa por los demás, en especial esos que necesitan. Ella ha organizado a un grupo de vecinos para lograr que la Municipalidad los apoye en la construcción de casas para vivir de manera decente. En el último año, ha participado muy activamente organizando vecinas y presentando proyectos para postular a financiamiento. Este grupo de mujeres y tiene una propuesta de emprendimiento colectivo que de ser aprobada, irá en beneficio directo de ellas y sus familias y de los vecinos del sector. Sabina es una de las voceras, líderes y organizadoras. 

Ella es un ejemplo de mujer sencilla que ha sabido levantarse no una, sino mas veces desde lo mas profundo de la tristeza y la desolación. Hoy, está de regreso, con pilas recargadas y con muchísimo que entregar a su familia y a su comunidad. Pero mas importante aún con mucha energía para ser feliz!

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